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El nuevo continente virtual
ensayo [ ]
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por [MAGSA ]

2009-06-11  |     | 



Internet es un nuevo continente, donde poco a poco se instala todo lo que existe en los continentes reales pero sin las limitaciones de la materialidad: bibliotecas, centros de referencia, bases de consulta de información, tiendas y diarios. Es previsible que en un futuro muy cercano los internautas asistan al cine, obtengan consultas médicas, se presenten ante un juez y pidan auxilio a la policía por este medio. Ya hace tiempo que las reservaciones de hotel y las compras de boletos de avión, tren y autobús son cosa común, lo mismo que servicios astrológicos y, en una secta norteamericana, asistencia espiritual. Un lugar extraño, que tiene una realidad como la del pensamiento: no se ve, no se toca y sin embargo allí está, cargado de importancia.
En 1999 –hace pocos años calendario en la vida terrestre pero años luz en el nuevo continente- Josef Rusnak y los hermanos Wachowski exploraron el más allá de este nuevo territorio en dos películas estremecedoras: El piso 13 y Matrix. En ambas, la sociedad como la conocemos es una realidad generada externamente para mantener a los seres humanos en la ilusión de una vida propia. También Stanislaw Lem y Herbert Brown, en una época anterior al nuevo continente virtual, soñaron con esta “nueva realidad”: recordamos las pastillas alucinógenas del primero y la “especie” de los pilotos astrales del segundo. Hoy mismo un experimento llamado “second life” propone una sociedad de cadenas binarias. El nuevo continente comienza a perfilarse como la futura realidad, lo mismo que el descubrimiento de América lo fue hace 500 años o, mejor, el hallazgo de la simetría geográfica inversa intuida por Herodoto.
El nuevo continente parece seguir ciertas reglas históricas. Así como los persas y los romanos desarrollaron la más avanzadas infraestructura de caminos para facilitar el tránsito de sus ejércitos e inadvertidamente proporcionaron un sostén a la cultura occidental, la internet fue diseñada y creada por razones militares durante la guerra fría y como aquellas rutas militares eventualmente se subordinó a necesidades civiles: la “supercarretera de la información” derivó a usos que la inteligencia castrense no había previsto.
Al principio, Internet era un continente de especialistas, como la Antártida. Se iba allí a investigar algo preciso y había que saber mucho para moverse. Eso cambió el 12 de noviembre de 1990, cuando Tim Berners-Lee parió lo que hoy llamamos la World Wide Web, el big bang del nuevo continente virtual que de manera exponencial creó su materia, dio lugar a sus galaxias y hoy siembra una civilización en su tercer planeta. Comenzó por el arribo de colonos privados, comerciantes y empresas. Y luego vino la inmigración masiva. Otra analogía histórica es que este nuevo continente también tiene su linguae franca: el inglés.
Su realidad hoy: eBay, fundada en 1996, obtuvo en 2006 utilidades por seis mil millones de dólares. Hace año y medio se hacían dos mil 700 millones de búsquedas por Google en un mes. Visitantes de MySpace: 60 millones, con 230 mil nuevos afiliados cada día. Como país sería el octavo más grande del mundo. Visitantes de YouTube desde septiembre de 2005: 100 millones.
La cantidad de información técnica se duplicaba, en 2006, cada dos años. Para 2010, en dos años más, se duplicará cada 72 horas.
A muchos preocupa la globalización. Insensible pero tenazmente, las herramientas transformadoras del nuevo continente virtual trabajan para el cambio: el internet, los cientos de canales de “televisión directa al hogar” (¿alguna no lo es?), las computadoras que son obsoletas apenas acabamos de aprender a operarlas, la telefonía digital y las decenas, cientos, miles, millones de adminículos que nos tienen enchufados.
Los aficionados al séptimo arte recordarán la escena de Congelados en donde la apetitosa Nina (Sandra Bullock) convida a John Spartan (Silvester Stalone) a una sesión amorosa. El fortachón se relame los carrillos al verla aparecer en una ajustada bata de seda... y se desinfla cuando la damisela produce dos cascos de videojuego para un encuentro de sexo virtual. ¡Dios! ¿Será que para allá vamos?
En el nuevo continente virtual ¿la identidad y los valores nacionales serán licuados, homogeneizados y condensados? ¿La disolución de las fronteras dará lugar a un mundo en el que no tendrán cabida más que los cibernautas? Si en Europa circula una moneda común, ¿será que en América el spanglesh –con una salpimentada de portugués- sea la próxima linguae franca que arroje al castellano al basurero de la historia y que los shopping centers sustituyan a las centrales de abasto?
Es posible que el advenimiento del nuevo continente virtual no sea tan negro como se percibe. Incluso algo de Renacimiento tenga –en el sentido que le dieron Vico y Michelet-, y pudiera ser fuente de optimismo más que de desesperanza. Ya algunos macabeos se organizan en la defensa de su mundo. Desde la Alta California: “Yo no quiero que se me pueda localizar cuando no quiero ser localizado. El celular es intruso; uno no lo controla, sino al revés: el aparato controla a uno. La computadora, en cambio, la domino yo, siempre consciente de sus vulnerabilidades y de las violaciones personales a que me expone. Me permite realizar trabajos que hace muy pocos años eran impensables; no así el celular, que no me permite hacer absolutamente nada sustancial que, con un mínimo de paciencia, no podía hacer ya perfectamente bien con el viejo aparato de antaño.”
Al otro lado del globo se dio un caso que dice otra cosa. Li Datong, editor de un periódico chino, denunció en la página web del diario un plan del PC para retener el salario de reporteros incómodos al sistema. La noticia corrió como reguero de pólvora en mensajes de texto de celular a celular y el alud crítico fue de tal magnitud que las autoridades dieron marcha atrás... sin arrestar a Li Datong. Al dispersar la información, las nuevas tecnologías por lo menos le hacen la vida difícil a los censores en la tierra del llorado camarada Mao.
Entonces quizá habría que comenzar por cuestionar el significado que damos al término nuevo continente virtual. La imprenta de Gutenberg fue una nueva tecnología que dio lugar también a un nuevo continente. Antes de la aparición del tipo móvil, en toda Europa había apenas unos cuantos cientos de miles de libros y una gran biblioteca podía presumir 600 títulos. Bastaron breves décadas para que el acervo bibliográfico del Viejo Continente creciera a millones de ejemplares, gracias a la nueva tecnología. Esto abrió las puertas a un nuevo mundo cuyos efectos vivimos hoy, como dentro de mil años nuestros descendientes estudiarán con interés cómo fue que la internet disparó las semillas de su civilización.
Como lo quería Santayana, debemos atender a la memoria histórica para enriquecer el presente. Toda nueva tecnología sólo tiene sentido si es puesta al servicio del Hombre y de la Libertad. Así, con mayúsculas.
La industrialización (con su estandarización de jornadas y lugares de trabajo, horarios de transporte, etc.), las instituciones de adoctrinamiento centralizadas (educación, militarismo), y la proliferación de los medios masivos, comenzando por el libro y seguidos por los diarios, la radio, la televisión y el internet, contribuyeron a crear una sensación antes desconocida: la “ciudadanización comunitaria”.
Las nuevas tecnologías han achicado al mundo hasta las dimensiones de la sala de nuestra casa. El ejemplo que ya es lugar común de la Guerra del Golfo sirve para ilustrar el punto. Pero no puede uno dejar de pensar en otros, reales y posibles.
La radio, los satélites, la televisión y el internet, no reconocen barreras aduanales o bandos de no internación. Hubo un tiempo en que un gobierno podía secuestrar periódicos y revistas en las garitas y aeropuertos y así detener informaciones indeseadas. Ahora eso es imposible. Los medios empujan la globalización con tanta o más energía que los tratados comerciales o los acuerdos de integración.
Hoy gracias a la red, un grupo rebelde que ha declarado la guerra a un gobierno legítimo puede, cosa antes imposible, circular por el mundo proclamas subversivas sin que ese gobierno pueda hacer nada al respecto. Los cárteles internacionales de la droga y el lavado del dinero coordinan sus estrategias internacionales sin que corporaciones policíacas tan poderosas como el FBI o la Interpol logren interceptarlos. Criminales de cuello blanco, con la ayuda de una computadora personal, abren cuentas en bancos extranjeros a control remoto y zigzaguean los fondos para burlar a las autoridades. Un defraudador en Mónaco puede tener socios en Anaheim, Oslo, Praga, Buenos Aires o Guanajuato, y concluido su negocio no le sería difícil solicitar una visa en alguna embajada virtual para trasladarse a otro país. Las fronteras que nuestros abuelos conocieron han dejado de ser. ¿Estamos preparados para ser ciudadanos de este nuevo mundo?
Si algo caracteriza a los seres humanos es su infinita capacidad para reincidir en la sinrazón y repetir –corregidos y aumentados- sus errores. Parecemos negados al aprendizaje. La contumacia está en nuestro ADN social. ¿Habrá que citar ejemplos? La primera guerra mundial fue “la guerra que terminaría con todas las guerras”, la lección de Vietnam inocularía a los Estados Unidos contra el virus del policía mundial, las hambrunas y genocidios en África promoverían la solidaridad internacional, el ejemplo de las sangrientas dictaduras modernas, de Pinochet a Idi Amín, sería el arranque de la nueva conciencia democrática internacional… Uno se explica por qué Santayana buscó refugio en un convento; hoy debe mirarnos con tristeza desde el más allá.
En el continente virtual ya se reproducen, como en espejo, todas las desigualdades y mezquindades que han hecho del continente real el caldo de cultivo del caos y la violencia. En el continente real el norte acapara riqueza, acceso a la información y el futuro; en el virtual sucede lo mismo. “Second life” está plagada de especuladores. En los avanzados centros tecnológicos del mundo se organizan las guerras del futuro. Los nuevos “barones salteadores” dejaron atrás las fórmulas de Ponzi y rapiñan el producto interno bruto de países débiles mediante fórmulas electrónicas y movimiento de capitales. Cientos de miles de seres humanos mueren en Medio Oriente para que en Occidente los consumidores se ahorren diez centavos en el galón de gasolina…
En el Olimpo tecnológico, los dioses ríen.

Profesor – investigador en el Departamento
de Ciencias sociales de la UPAEP – Puebla.
sanchezdearmas@gmail.com
10/0/09

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