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Alejandra Pizarnik
ensayo [ ]
La muchacha encuentra la máscara del infinito

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por [Richard John Benet ]

2005-09-10  |     | 



7 de Diciembre de 1952.

“Mi soledad maúlla. La tapo con promesas vagas. Mentir, si. Algún día encontrarás este diario y será antiguo, algún día verán mis fotos y se reirán de la moda actual. El vanguardismo será clasicismo y otros jóvenes rebeldes se reirán de él. Pero… ¿Es posible soportar esto? Quiero morir. Tengo miedo de entrar al pasado. Pienso en alguna mujer de mi edad de hace un siglo. ¿Qué hacía cuándo estaba angustiada? ¿Qué?”

Se nota claramente en este extracto del diario de la poetisa, lo que Enrique Molina describía como: “La fascinación de la infancia perdida se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación por la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plena de vértigo.”
¿Qué llevó a esta joven talentosa, nacida un 29 de abril de 1936, a terminar su existencia con la ingesta de 50 pastillas de Seconal sódico tan solo 36 años más tarde? Tal vez toda su vida haya sido un peregrinar hacia un destino inevitable y predecible, de tan solo examinar su poética. Su formación liberal, en gran parte fue mérito de su padre, Don Elías Pizarnik, quien no solo le permitió su forma de vida, si no que alentó su vocación al solventar la publicación de su primer libro: “La inocencia pérdida” (1956). Todo un mérito, teniendo en cuenta el rol de la mujer por esos años, y en una familia de origen judío en particular.
La poetisa tenía ciertos rasgos de enfermiza timidez. Su tartamudeo y su asma son la somatización de su fragilidad espiritual. Aún ella misma duda de su talento, y opina por su propia voz:

«Si no fuera así —escribe el 24 de mayo de 1966— no leería para aprender sino para gozar. ¿Aprender qué? Formas. No, no es el deseo de frecuentar modos de expresión. Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo, en suma, dar a luz nada más que monstruos. (...) Creo que se trata de un problema de distribución de energías. Pero lo esencial es la falta de confianza en mis medios innatos, en mis recursos internos o espirituales o imaginarios»
(«Diarios 1960-1968», op. cit., pp. 279-280).

Estos sentimientos eran alentados por la crítica a sus trabajos. Claramente tenía un grupo de seguidores e iniciados, que leían con fruición todas sus creaciones. Pero también era resistida. Algunos la acusaban (así como a otros muchos poetas) de seguir determinado molde. De tener ciertos tic en su forma de escribir, de subordinar su arte al efectismo para conseguir ciertos propósitos. Esa dubitación ya la había tenido al comienzo de sus estudios entre el periodismo y la Universidad de Filosofía. De hecho una juvenil Alejandra Pizarnik, fue corresponsal en el Primer Festival de Cine de Mar del Plata (1955). Sus dudas terminaron gracias a la intervención del catedrático de Literatura Moderna Juan Jacobo Barjalía. Pero su espíritu inquieto, y cierto tipo de terapia recomendada, la llevan a las artes plásticas. De allí su amistad y empatía, con Juan Batlle Planas. Este pintor tiene un estilo espectral con algo de Tanguy, de Arp y Miró. Y la poetisa encuentra evidentemente una conexión a su figuración metafórica.
De todas maneras ella comienza a experimentar con anfetaminas, debe tomar analgésicos para sus frecuentes migrañas y somníferos para su insomnio.
El destino inevitable se vuelve hacer presente antes de su exilio voluntario en Francia. Otras de sus intentos de escapar a la desesperación. Conoce al gran escritor uruguayo Horacio Quiroga. Y la simpatía mutua los trasciende. De esto hay una anécdota bastante conocida. En casa de unos amigos Horacio le propone jugar a prendas, por un sencillo mecanismo. Deben besar cada uno las caras de un reloj de bolsillo que Quiroga sostiene con una mano. Al mismo tiempo. Al hacerlo, él en rápido ademán retira el reloj, y la besa en la boca. Tal vez esa relación fuera lo más cercano que Alejandra tuvo al amor. Años más tarde Quiroga la conmina a acompañarlo a Misiones. Ella, frágil y dubitativa como siempre, lo consulta a su amigo pintor Benito Quinquela Martín, y él sedentario y ordenado le aconseja: -¡Ese loco!... ¡no!
Por una cruel ironía de ese destino elusivo, el escritor y poeta se pegaría un escopetazo, para terminar con sus propios demonios. No sería la única vez que la muerte coqueteara con ella en su relativa corta existencia. Salvo una tía paterna, en Francia, y otra tía materna, en la populosa localidad de Avellaneda, los demás familiares de Alejandra fueron víctima del Holocausto, lo cuál la condicionaría con respecto a la misma muerte, como a sus creencias sobre política.
«Tuvo una invencible aversión a la política, que justificaba con el hecho de que su familia en Europa hubiera sido sucesivamente aniquilada por el fascismo y el estalinismo. (...) Para ella, la literatura tenía un único compromiso con la calidad» (César Aira, op. cit., p. 17)
Pizarnik hace debido a las particularidades de su personalidad, hace un cierto camino inverso literario, y va de lo minimalista y conciso, a cierto barroquismo recargado. Sus últimos trabajos: Nombres y figuras (1969), La condesa sangrienta (1971), El infierno musical (1971). Se puede tal vez vislumbrar en estas obras un ánimo testamentario, aún en contra de los pensamientos de esta mujer. Lo único real y conclusivo es su obra. Sus poesías equilibradas y perfectas. Su técnica y devoción por las palabras. Por ejemplo Cementerio:
“Había un hombre que vivía junto a un cementerio y nadie preguntaba por qué. ¿Y por qué alguien habría de preguntar algo? Yo no vivo junto a un cementerio y nadie me pregunta por qué. Algo yace, corrompido o enfermo, entre el sí y el no. Si un hombre vive junto a un cementerio no le preguntan por qué, pero si vive lejos de un cementerio tampoco le preguntan por qué. Pero no por azar vivía ese hombre junto a un cementerio. Se me dirá que todo es azaroso, empezando por el lugar en que se vive. Nada me puede importar lo que se me dice porque nunca nadie me dice nada cuando cree decirme algo. Solamente escucho mis rumores desesperados, los cantos litúrgicos venidos de la tumba sagrada de mi ilícita infancia. Es mentira. En este instante escucho a Lotte Lenya que canta Die dreigroshenoper. Claro es que se trata de un disco, pero no deja de asombrarme que en este lapso de tres años entre la última vez que la escuché y hoy, nada ha cambiado para Lotte Lenya y mucho (acaso todo, si todo fuera cierto) ha cambiando para mí. He sabido de la muerte y he sabido de la lluvia.”
(Tomado de «Los muertos y la lluvia», en Prosa completa, edición a cargo de Ana Becciú, prólogo de Ana Nuño, Barcelona, Editorial Lumen, 2002, p. 43)
Y su poética:
Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

(Dice en Cuarto solo)
O como un doloroso recuerdo que volvía de un futuro incierto, nos queda la ardiente sensación de estos versos desesperados de Sombras de los días por venir:
Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.
León Ostrov, fue su analista por muchos años, se dice que estuvo enamorada de él; y tuvo el privilegio de que le dedicara “La última inocencia”. La desesperación es la temática omnipresente, en el epígrafe cita de Gerárd de Nerval, ha quien admiraba: Quoi, toujours? entre moi/ sans cesse et le bonheur. Es indudable que la muchacha encontró la máscara del infinito.




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