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Re-viviendo París I
ensayo [ ]
Juego de ojos Compilation: Juego de ojos

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por [MAGSA ]

2008-06-19  |     | 



Estoy en la Ciudad Luz y recorro las calles que fatigué hace 30 años cuando llegué aquí con una mochila llena de juventud, melena y barba que me daban un aire de orangután, unos cuantos centavos en la bolsa y una felicidad a prueba de lugares comunes. Pude regresar gracias a mi amigo G. Él sabe que me encuentro en algún lugar de la cité pero no puede compartir mi alegría porque está enfermo. Lo inficionó un virus que ciega, seca el corazón e inocula un delirio. Así que fui a la capilla de la Rue Saint Sèvres y recé por él. Pedí que encuentre alivio y que su alma no se pierda para siempre.
A golpe de vista –coup d’œil- nada ha cambiado en la ciudad. El otoño casi es invierno y el viento frío da a las mejillas de las muchachas un toque de rosa que ilumina su paso altivo en las concurridas aceras del quartier Latin. Los clochards comienzan a instalarse en las salidas de aire caliente del metro. Los cafés han retirado las mesas de las aceras y en Montmartre ya prendieron las estufas para los que insisten que ahí no se puede tomar du café si no es en el empedrado de los callejones.
Pasada la primera impresión, entiendo que mucho ha cambiado. Hace tres décadas vivía en una azotea y mis vecinos eran senegaleses de Matam que se sentían enfants de la Patrie y ahorraban cada céntimo para dar a su parentela una vida mejor. Hoy los descendientes de aquella tribu incendian autos y balean policías en los suburbios de París. Eso me lo dijo Abu, que vive aún en los cuartuchos y me reconoció al verme parado frente al derruido edificio. Abu ya es un anciano. Me dijo que la Patrie los traicionó. Que sus hijos, nietos y bisnietos están desempleados. Que no tuvieron oportunidades. Que los discriminaron. Abu me preguntó si en México podrían rehacer su vida. Lo invité al café y bebimos pastis toda la tarde. Prometí escribirle.
En todos estos años mis pies no perdieron la memoria. Sin que les ordene me llevan de uno a otro quartier a los lugares de mi juventud parisina. En la Rue du Chat qui Pêche ya no está el bar en donde una española inmensa cantaba aires de zarzuela, me gritaba, “¡Olé, mexicano!”, y me regalaba vin rouge a cambio de las historias de un mi abuelo que salió de las Canarias y sin saber cómo llegó a Acámbaro y se robó a una mi abuela con la que inauguró una de las familias más disfuncionales de las que se tenga noticia, pero el recuerdo sigue ahí, fundido en las piedras que fueron de la ciudad romana, o la celta, vaya uno a saber.
Después me conducen a Shakespeare and Company y al estar frente al bajorrelieve del bardo sobre la entrada, revivo, como diría M., la magia de la primera vez . No es el mismo local en donde Sylvia Beach soportaba las fatuidades de Hemingway y aliviaba con té de flores la melancolía de Joyce y se resignaba al insoportable ego de Pound -pues aquél fue pulverizado por una bomba alemana- pero no tengo duda de que los mismos espíritus siguen rondando el local mohoso al amparo de la sentencia de Henry Miller: “No seáis descortés con los extraños porque pueden ser ángeles en disfraz”. Ahí, en el tercer piso, junto a la cama de George Whitman en la que retozan los gatos de la casa, mi duende doméstico me reencontró... pero de eso hablaré la semana entrante.
París no es como Nueva York. Tampoco es como Madrid, o Sydney, o Praga. Vaya, ni siquiera es como Xalapa. Y no lo digo bajo los efectos del eau de vie que se dispensa en los alrededores de Les Halles de donde acabo de volver, lo juro. París, regreso al lugar común, es un momento en la vida de los jóvenes que tienen la osadía de ir a vivir ahí... y el valor de enfrentarse a su recuerdo 30 años después. (Sigue).


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