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Los límites de la libertad
ensayo [ ]
(real y virtual)

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por [Richard John Benet ]

2006-10-27  |     | 




Tal vez el primer gran condicionamiento al libre albedrío de las personas, sea esa manía de registrar absolutamente todo. Lo primero que hacemos al nacer el primogénito es correr a registrarlo para que sea “un hijo legal” y futuro “ciudadano”. Así también registramos, en planillas virtuales, nuestros gustos y necesidades. Centenares de personas, a miles de kilómetros, conocen: si tenemos caspa, nuestro grupo sanguíneo, que tipo de música nos agrada, nuestras perversiones sexuales, nuestras debilidades, posibles puntos fuertes, a que nos dedicamos, como se conforman nuestros lazos familiares, amistades, si tenemos tarjeta de crédito, si viajamos seguido y a dónde; y todo lo inherente y ateniente a nuestra vida (pública y privada) Es así como surge el tipo de información personalizada que hizo un éxito de Google y otros buscadores similares.
El ser humano piensa que para ser libre hay que tener todo regimentado y controlado. Como un enorme inventario. Los antiguos griegos inventaron esa trampa llamada democracia. Se dice (pese a que Platón afirmaba que el mejor sistema político era la monarquía) que allí existió la “democracia pura”. Curioso razonamiento, si partimos de la base que la densidad poblacional de “ciudadanos” era un poco mayor a la de “esclavos”. Estos no votaban.
Los egipcios no solo tenían esclavos. Dentro de sus divisiones sociales, algunos (escribas, artesanos, encargados de ritos mortuorios, entre otros) vivían en semiesclavitud. Tenían una libertad limitada, y escasa movilidad social.
Esas rémoras sociales, nos acompañan hasta nuestros días pues ahora somos esclavos por propia decisión. Esclavos de “la sociedad de consumo”. Esclavos de “nuestras palabras”, pero ya no somos “dueños de nuestros silencios”. Hay oídos en las paredes, y ojos en los techos que controlan todo. Y con nuestra aceptación y beneplácito.
Si se observan algunos hechos sobresalientes de la Historia de la Humanidad, veremos que no hay mucha diferencia entre (por ejemplo) la Toma de la Bastilla y la Revolución de Octubre. Cualquiera diría que fueron alzamientos populares para terminar con “la opresión monárquica”. Cuándo el verdadero motor de estos estallidos fue la burguesía. La prédica y la ambición de los pequeños burgueses fue el verdadero detonante. Muy poco que ver con: La Libertad.
Esto queda claro tomando dos figuras paradigmáticas de la Revolución Francesa: Dantón y Robespierre. Compañeros de armas e ideologías, pero con conceptos diferentes sobre: “Igualdad, Libertad y Fraternidad”, el señor Robespierre y su jacobinismo se aseguraron la destrucción de sus enemigos (guillotina mediante) para evitar “el libertinaje” y en defensa de “la libertad”.
Tal vez uno de los hechos más horrorosos de esta historia, sea la Guerra de Secesión en América del Norte. Es un ejemplo paradigmático, pero no el único.
En la naciente Nación Argentina, se dio el caso que una guerra fraticida sirvió para eliminar casi toda la raza afroamericana. Durante la Guerra de la Triple Alianza (1865 – 1870) que enfrentó por un lado a Argentina, La Banda Oriental del Uruguay y el Brasil, y por el otro al Paraguay de Solano López, no solo dejó a este último país casi sin población masculina, sino que los países de la entente ofrecían a la gente de color una opción de hierro: “la vida o la libertad”. Por esas paradojas, a la que es tan afecto el género humano, el negro debía matar para ser libre. Casi siempre le tocaba morir. Eran lo que se conoce (aún hoy en día) “carne de cañón”
Durante ese simulacro de “gesta por la libertad” que se vivió en el Norte, a los esclavos que se animaban a guerrear les ofrecían (si terminaban sanos y salvos) “veinte acres y una mula”.
El símbolo de su libertad. Veinte acres dónde ser “realmente libres”. Y una mula, para trabajar esos veinte acres “y asegurarse su libertad”. Cosechar y venderles su producto a señores especuladores, que luego de comprar miles de hectáreas a precio vil (tierras arrasadas por la guerra, con precios fijados por el bando ganador), venían por lo que les faltaba: los pequeños minifundistas y sus propiedades. Los límites de la libertad.
Incluso esta guerra no comienza para “darle su libertad a los esclavos”. Tal vez del señor Lincoln haya sido bien intencionado, pero todo fue un interés comercial. Los esclavistas habían descubierto que el esclavismo no era tan buen negocio. De una determinada cantidad de esclavos se rescataba una porción que valía la pena. Trabajaba, se procreaba y se vendía. Pero, además estaban los viejos, los tullidos, los vagos, los problemáticos y otros etcéteras que encarecían el negocio. ¿Qué mejor que darles su libertad, pagarles un sueldo de miseria y que ellos se hagan cargo de sus enfermedades y parentela? Nada que ver con la libertad.
Una forma diferente de observar este fenómeno, proviene desde la literatura. Un par de ejemplos icónicos: los señores George Orwell y Aldous Huxley. Sus obras influirían sobre autores tan disímiles como Anthony Burgess, Phillip .K. Dick y Pierre Boulle.
Me refiero a “Un mundo feliz” de Huxley, en dónde la sociedad está estratificada y clasificada según letras del alfabeto griego, siendo los ypsilón los últimos de esta. Pero son felices y libres. A través de una píldora “de la felicidad”, que los hace libres… e idiotas. Todo cambia cuándo llega “el salvaje” que subvierte el orden establecido. El factor humano. La vida que busca su cauce, y su verdadera libertad.
Pero es en “Gran Hermano” (Orwell) dónde se prefigura el horror del mundo actual. Quizá junto con “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, sean las máximas advertencias sobre la despersonalización, el avance de los estados sobre las libertades civiles, sobre la influencia en la libertad de conciencia que debe tener todo intelectual. Es muy difícil, para un creador, hacer algo en un estado totalitario, rodeado de alcahuetes y obsecuentes del poder de turno, con miedo a poner en palabras sus pensamientos más íntimos. Sus creencias. Sabe, que como en el caso de Galileo Galilei, nada le alanzará al inquisidor de turno. Ni negar sus propias convicciones.
Ya Orwell, había anticipado algo de esto en una fábula, engañosamente infantil, llamada “Rebelión en la Granja”. Pero es en “Gran Hermano”, dónde este valiéndose de los avances tecnológicos y la propia aceptación de la masa, lleva a cabo un control total sobre la población. Aún de sus pensamientos.
Esto es dable de verse, en por ejemplo un microcosmos cerrado. ¿Recuerdan el experimento “Biosfera II”? Un ambiente cerrado con gente interactuando y controlada desde el exterior, aún hasta cuándo dormían o hacían el amor. Fracaso estrepitosamente.
Otro ejemplo, podría ser una página literaria como la que compartimos nosotros. Si alguien tuviera el poder (y lo usara) de controlar los correos, los gustos, las ideas, los sentimientos… sería aterrador. Sobre todo si decidiera usar esa información con fines apenas imaginables. El daño psicológico y moral que podría causar por una nimiedad.
Pero esto es hilar demasiado fino… tal vez. De solo pensar en el Mahatma Ghandi, que enfrento a todo un Imperio, sin armas, solo con su integridad y enjuta hombría, en nombre de la libertad (la propia y la de su pueblo) deberíamos detenernos y barajar de nuevo.
Un último paralelo, y verán que los extremos se tocan. El nazismo fanatizo a todo un pueblo. Le quitó su personalidad, persiguió a los pensadores, trató de controlar a todos y a todo.
En el otro extremo ideológico, Stalin, uno de los vencedores realizaba purgas y a los rebeldes los consignaba al tristemente célebre Archipiélago Gulag.
En la actualidad en la entrada de la Ciudad de New York, se alza una monumental obra que recuerda que esa es la “tierra de la promisión y la libertad”. Quizás, si Liberty pudiera, estaría llorando por la sangre que ha regado los arrozales de Vietnam, el desierto de Irak o los ghettos del Harlem.
Una ficción de libertad dónde, como con aquellos “veinte acres y una mula”, se hace creer que cualquiera está capacitado para ser presidente de la primera potencia mundial, cuándo en realidad se los idiotiza comiendo palomitas de maíz delante de su programa favorito de televisión.
Pero, aún se está a tiempo. Aún podemos romper la trampa. Esto no es un manifiesto anarquista. Un mínimo de orden es necesario. Pero… hagan la prueba. Tan solo una vez. Cuándo algo no les guste. Cuándo no estén de acuerdo… de pie y de frente, hagan oír su voz. Como decía Aragorn en su arenga antes del combate final: “Puede ser que algún día, ante un enemigo poderoso y superior tengan deseos de correr, de huir… ¡Pero hoy no será ese día!”.
En ese pequeño gesto de rebeldía descubrirán el sabor de la libertad verdadera. Y créanme amigos… ya nada será igual después.

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