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Monólogo
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por [paradoja ]

2009-10-04  |     | 



Es sábado en la noche. ¿o tal vez domingo? La irreverencia de estas horas me confunde. Abro la nevera: leche, tomates, unos cuantos gajos de cebolla, una olla con el arroz de ayer. Prendo el televisor; paso los 60 canales: nada para ver. Me dirijo a mi habitación: la maleta, el celular, la grabadora, la cama desordenada, unas cuantas botellas de alcohol -ya vacías- revueltas con unas cartas viejas. Me tiro sobre la cama; intento conciliar el sueño ¡qué difícil tarea! No lo consigo. Continúo al baño. Abro la llave del lavamanos y me lavo la cara. Me miro al espejo: no me reconozco. Quiero cenar. Hay pasta con atún. Temperatura: fría. Me siento en el comedor. Tiene seis puestos; Nadie en ellos. Ya no tengo apetito… prosigo a la nevera y guardo el plato… Todo sigue igual como hace 5 minutos.

¿Por qué me empeño en envenenar mi espíritu? La pregunta me corroe de dos formas: por una parte, me preocupo por el hecho simple de formularme esa pregunta; por el otro, me altero de no saber qué contestar. Calamidad doméstica.

Agarro lápiz y papel. Silencio. Más silencio. Escribo: “Quizá me elegí expectante: su belleza no se desperdicia. Yo la espero, como el triste poeta que espera las mañanas de una ciudad furiosa, sea tirado en un parque, en una banca o al lado de una estatua en forma de libertador (o un libertador en forma de estatua –no lo sé). Por haberla amado tanto, he llegado a ser muy tonto. No me importa. Ella es mi conciencia acribillada, mi vicio más duro, mi tormenta preferida. Ella, la que se esconde tras esas letras gigantes que expresan su nombre. Ella, la que es testigo de la juventud de este huérfano del día, de la alegría y de la valentía, que no florece… que no se apaga. Me encanta su derroche de incoherencia con la fealdad y la belleza, sus idas y venidas… su violencia. Me encanta su malísima actuación en los melodramas que le escribo. Mi vida con ella puede completarse: sus desordenes involucran a los míos y me construye nuevos reinos de melancolía y poesía. Mi corazón necesita de su ausencia, para alimentar este deseo. Con ella he vivido mis grandes glorias pasajeras. Por eso, y por mucho mas, es que amo a ”. No consigo completar el escrito. Lo destruyo. No quiero ser tan torpe de tratar de hallarme en alguien más… no quiero amar. No quiero matarme.

Todavía no diviso un cielo amanecido. Incontenibles ganas de vomitar. Regreso al baño… luego alzo la cara para enfrentarme de nuevo al espejo: este patético intento de poeta, este mal actor que ya no actúa, este inútil compañero que no conoce sus propias manos (que sin embargo comparte en forma de puño, en forma de amante o en forma de amigo)… este sigue siendo Hernán, que sobre sus zapatos rojos ha descubierto la infinidad del camino y la debilidad de su cuerpo. Sigue siendo. Muy a pesar de sí mismo… ¿y yo con quien putas hablo ahora? -me pregunto-

Quiero salir de estas cuatro paredes. No hay llaves. Descubro una ventana en el tercer piso. Miro al cielo y la luna me distrae. Más pensamientos vagos a la madrugada. Prendo un cigarrillo. Miro al suelo: tres personas conversando, frente a un bar pequeño. “Qué guevon el man no haber salido. -dice el primero-. Si, oye, yo tenía que hablar de muchas cosas con él… necesito aclarar las cosas -responde una muchacha- . Dejen al viejo en paz. ¡¡¡Está en sus días!!! –opina el tercero-. Jajajaja, jajaja”. (Atrás una canción: payaso, soy un triste payaso…).

Sólo queda la colilla entre mis dedos. La arrojo con rabia al suelo, tratando de quemar a alguno de los tres personajes. Fallo. Quiero más tortura: voy por otro cigarrillo a mi habitación. Me demoro un poco allí. Ensayo con una oración: “Padre nuestro que estás en los cielos…” No ocurre nada. Regreso a la ventana y miro al pequeño bar. Noooooooooooooooooooooooooooooooooo; ¿Cómo así? ¿qué pasa? ¿qué?. Desespero. No hay nadie; es más, no hay bar: jamás hubo ninguno. ¿Me estoy enloqueciendo?

Mucho desespero. Pasa muchísimo tiempo… No tengo idea de cuánto.

Parece que hubiera pasado toda una semana sin conciliar el sueño. Me envuelve un severo dolor de cabeza. Tengo ganas de desmayarme. Más ganas de vomitar. No quiero ir al baño: inevitablemente me miraré al espejo. No quiero verme. Tengo miedo.

¡Necesito salir de aquí! Decido buscar las llaves. En unos cuantos minutos, la casa ya no estaba en su orden habitual. En algún cajón logro encontrar las llaves… voy corriendo hacia la puerta. Descubro que estoy temblando: es difícil abrirla. Respiro un poco; me calmo un poco. Ya estoy en el patio. Continúo hacia la calle. ¿A dónde voy? No lo sé. Salgo a correr: mientras desesperado lloro, alcanzo a percibir unos cuantos segundos de paisaje: los pájaros, las flores, los campo ¡es realmente bello! -me doy cuenta que ya es de día-. Sigo corriendo. Estoy sudado y bastante cansado. Tengo sed… ¡Puta Vida! no tengo plata. Me acuesto sobre un césped, para descansar un poco (más tiempo perdido)…

Miro al cielo transparente, nítido… se me torna infame… Me siento despojado de mi alma, no tengo paz de piedra, no tengo inocencia de pensamientos iracundos… No me logro reconciliar con el mundo. Otra vez me siento loco.
Me levanto y empiezo a caminar… Estoy en un barrio que no conozco. Busco un rostro conocido. Nadie. Absolutamente nadie… ¿qué horas son? ¿qué día es hoy? ¿dónde estoy? Le empiezo a preguntar a la gente. Unas personas huyen ¿así de mal estaré?. Otras se detienen y me miran con extrañeza. No responden; continúan su camino ¿Pensarán que estoy drogado?... Incontenibles ganas de llorar.

Vuelvo a caminar vagamente por la ciudad. Me siento torpe:
Mi lengua, mis pies y mi mente parecen bailar una melodía
que no corresponde… una melodía equivocada. Quiero rendirme. Nooooo ¿rendirme de qué?. El sol se empieza a escapar de mi mirada. Quiere ser de noche (igual que ayer, igual que hoy, igual que todos los días). Poco a poco la ciudad se transforma: las putas, los ladrones, los borrachos, los desesperados… Esto no es nuevo. Me aburre.

¿Disculpe tiene horas? Me pregunta una persona que pasa a mi lado. No le contesto y sigo. Mmmmmmmm ¿será que las personas que antes no me contestaron tendrían situaciones similares a la mía? ¿fue mi desesperado estado o los problemas de la gente, lo que impidió una respuesta? Me detengo. Un increíble vacío. Me cuesta mucho enfrentar esta situación. Siento que ahora si voy a colapsar. Más desespero: Ya no hay lágrimas.

Oigo a mucha gente que, ya embriagada de tantas cosas, grita “¡la respuesta es la Vida!” “CARPE DIEM”… ¿es paz o irritación? De nuevo me confundo

Creo, que estoy asesinando, con mi amargura, el alma de
las flores; con mi hostilidad, el deber de la amistad; con mi odio, la posibilidad de una pareja; con mi resentimiento, la espiritualidad. Estos espacios de choque, ya son cotidianos en mi vida… me siento idiota. ¡Quiero volver a mi casa!.... ¡a alguna casa!... ¡Debo dejar de jugar a ser el inmortal!... ¡¡¡¡Mírenme soy un desesperado, pónganme atención!!! ………………. ¡¡¡MIERDA!!! Otra vez las mismas ideas.

Quiero dormir o alguna cosa parecida. Quiero pedir perdón pero no sé si lo puedo hacer, o si lo he hecho tantas veces que ya se torna demasiado falso… No lo sé.

Sobrecarga. Me siento loco y enfermo. Sigo a la intemperie….

¿continuaré?
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