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Sale con todo (Lima, 2002)
prosa [ ]
de Maynor FREYRE

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
por [NMP ]

2005-05-12  |     | 



¡Fernández, sale con todo!, escuchó asombrado el grito del carcelero y se levantó de entre los 48 presos que ya acostados sobre sus asquerosos colchones de paja, acomodados de dos en dos, de tres en tres, se aprestaban a dormir en el “Sheraton” de la Prefectura de Lima. Eran en su mayoría detenidos políticos en espera de su clasificación para saber si salían libres o los trasladaban a alguna de las tétricas cárceles públicas de la ciudad.. Pero él, suertudo, era el primero en salir. Todos lo apabullaron con felicitaciones o expresiones en sorna, total ellos no habían hecho otra cosa que protestar sindicalmente, no habían cometido el tan propagandizado sabotaje del cual los acusaban. Pero el más viejo, el más cazurro de todos, el que dormía poto con poto con él, como se reía comentando, después de las discrepancias políticas que habían sostenido en la lucha gremial, le advirtió en voz baja: no firmes ningún papel, a estas horas de la noche no le dan la libertad a nadie, ¡ni de a vainas!

El tira abrió la pesada reja, Fernández salió pausadamente cavilando sobre la advertencia del viejo, sorteó con cuidado el balde que les servía de bacín para orinar de noche y se fue caminando al lado de su carcelero hasta llegar a un recinto muy iluminado con piso de madera sin lustrar y un escritorio viejo también de madera donde empezaron a hacer un inventario de sus cosas, incluyendo la correa y pasadores de los zapatos que al ingresar les habían decomisado para evitar cualquier intento de suicidio, decían, pero era más bien por temor a que pudieran ahorcar a sus guardianes mientras cabeceaban a medianoche.

¡Firme acá!, le dijo el oficial de tras el escritorio. Quiero saber a dónde me llevan contestó Fernández. Firme o no sale, lo conminó el policía. Entonces el preso trazó un garabato cualquiera, menos su firma. El vigilante se armó de una pistola ametralladora, la rastrilló y lo conminó a caminar en su delante. Allí se convenció de que no le estaban dando la libertad.

Lo hizo subir a una camioneta celular ploma, al asiento trasero, mientras que adelante se sentó un oficial, junto al chofer, quien empezó a hablar en clave por la radio que había en el carro. Cumplimos operación Caribe, señalaba, de todas maneras, le aseveraban, antes que se ponga el sol. La noche ya era bastante avanzada, por supuesto. Recorrieron la larga avenida Salaverry hasta llegar a la conocida como “Pera del amor”, porque allí se daban cita en verano los enamorados. Pero era invierno húmedo y gélido en Lima. Lloviznaba. Lo de la operación Caribe se iba convirtiendo en un sonsonete. Se detuvieron junto a la “Pera del amor” y el oficial le preguntó demasiado dulzón y amable: ¿no quiere usted bajar a orinar?

La verdad es que me meaba, carajo, antes de llevarme por la Salaverry me habían hecho dar mil vueltas, ya habían pasado como cuchumil horas, me parecía, y tenía la vejiga hinchada, así que estaba a punto de decir, sí, quiero orinar, pero el de la metralleta me hizo una señal secreta con el codo, lo miré a lo ojos, y leí en ellos su mensaje. Además, recién reconocí en su rostro el de aquel muchacho vigilante que se había hecho mi amigo, porque era, como yo, de los Barrios Altos de Lima, pero cuando le preguntara sobre si conocía al “chato” Salinas, un pata de la universidad que era de la policía secreta, me había cambiado de tema. No gracias, respondí con apenas un hilo de voz, recordando la famosa ley de la fuga. Entonces ponle la capucha, ordenó el oficial, y me di cuenta por el aire y porque voltearon a la derecha, que se enrumbaban hacia la Costanera, hacia las playas de la Mar Brava, donde salvo contados vagos y facinerosos chalacos, que huirían al ver el carro de la poli, no quedaría un alma para testificar la tanda que seguramente pensaban darme.

El olor pútrido de ese mar sucio sobrepasó al de la negra capucha de hule manchada de vómitos y sangre que cubría mi cara. Me enmarrocaron con las manos atrás tan fuerte que las esposas no me dejaban siquiera jugar con mis muñecas para calmar los nervios. Caminamos despacio entre la arena gruesa e iba sintiendo la cercanía del reventar de las olas. Me van a bañar con este frío, malditos, me dije para mis adentros, me van a hacer el submarino hasta que confiese que soy el saboteador, ya me cagué. Pero no, antes de llegar al agua me ordenaron que me arrodillara: esta es una tanda de las buenas, me dije, y ya no pude dominar mis esfínteres, sentí cómo mis muslos se iban empapando muy a pesar mío. Con tal de que no me cague ahora, rogaba, casi rezaba. La voz del oficial sonó bronca: ¡cumple carajo, es una orden! Se me ha trabado la metralleta, jefecito, pruebe usted si quiere, le contestó el auxiliar. Al parecer, el chofer se había quedado en el carro. Toma entonces mi arma, le espetó el hombre de mando. Entonces me di cuenta que estaba yo llorando, que las lágrimas de la muerte eran calientes, cuando la pistola estaba ya posada sobre mi sien derecha. El balazo tronó sobre mi cabeza y ahí se acabó todo.

_. _

Despierten a ese haragán, ¡qué se habrá creído! Hace tres días está durmiendo como un lirón y apesta a cerdo. Apúrense que viene el general en persona, dijeron. Sintió que lo levantaban en vilo, lo ponían bajo un gran chorro de agua luego de desvestirlo a la mala, lo ataviaban con ropa limpia y nueva, lo secaban con tocuyos recién estrenados y lo regresaban luego a otra celda ya con luz donde reconocía que todavía quedaba algo de vida en su maltrecho cuerpo. Se dio cuenta que estaba recostado sobre un colchón de paja nuevecito y sintió cómo rechinaba la reja de la celda para dar paso al general: Ya están consignados esos bestias, hijo, cómo se les antoja jugar con el simulacro mortal en pleno siglo veinte, hay que civilizar a esta gente de mierda, disculpa la expresión muchacho, suerte que no se les pasó la mano, pero todo está normal, cómete este pollito calientito que te he traído para que te recuperes. Le ofreció un pollo a la brasa que quiso devorar pero al segundo bocado ya se había hastiado y apenas si sorbió un poco de la gaseosa que también pusieron en sus manos. Bien, bien chico, esto tenemos que olvidarlo todos, va a venir el juez y unos periodistas, pero es mejor que no les digas muchas cosas, acuérdate de tu familia, sobre todo de tus pequeños hijos que ya están yendo todos los días al colegio. Bien, bien muchacho, si bien no te irás a tu casa, dirás que has preferido viajar al extranjero, toma estos cheques de viajero de parte del señor Ministro del Interior que es demasiado buena gente. Te va a gustar La Habana, donde han aceptado recibirte. Chau. Y ya sabes, acá te cuidaremos a tus hijitos, siempre, para que crezcan sanos y sean hombres de bien para la patria. Me quieres decir algo... Si general, le juro que las lágrimas de la muerte son calientes, se lo juro. El curtido generalote calló en todos los idiomas, menos en el de los ojos que le se pusieron acuosos. Dio media vuelta de inmediato y, furtivo, se persignó. Total, este hombre bien podría ser apenas un fantasma

© Maynor FREYRE
In “Puro Cuento”



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