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La comida está lista
prosa [ ]

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por [tobegio ]

2010-12-25  |     | 



La comida está lista.

Otro día más, piensas perezosamente. Igual que todos los anteriores y los que vendrán: aburrido, rutinario, repetitivo. Como siempre, te levantas a las cinco y media de la mañana, ya cansada de abrir los ojos, para despachar a los niños a la escuela.

Sientes alivio cuando se han marchado y entonces te das cuenta, sin sorprenderte, de la pila de trastos, platos y cubiertos que hay que lavar.

Tiendes las camas. Unos días vas al super o al mercado, según corresponde, otros son para la limpieza a fondo de baños y cocina mientras dejas que la lavadora haga lo suyo con la ropa. Diario, preparas la comida y, también como siempre, colocas meticulosamente los cubiertos sobre la mesa: la cuchara a la derecha y el tenedor y el cuchillo a la izquierda de los platos.

Más pronto de lo que quieres son ya las tres de la tarde, los niños no tardan en volver de la escuela, comen como animales, les recriminas el desorden y los gritos, y ¡por amor de dios! Clamas para que recojan la mesa, sacudan y guarden las manteletas y pongan los trastes en el fregadero; nuevamente lavarás platos y cubiertos, en tanto exiges que hagan la tarea ¡ya, en este momento! si es que quieren ver televisión o jugar un rato.

Al atardecer, como una fiera herida te echas en el sillón a ver televisión mientras dormitas, agotada, y luego revisas los deberes escolares antes de darles algo de cenar y enviarlos a la cama.

Coges el cuchillo y frenética, pero rítmicamente, lo deslizas una y otra vez sobre la chaira, apoyándola con todo tu cuerpo contra la mesa de cocina. Te sirves otro vaso de whisky, y de un golpe tragas dos pastillas más. Esbozas una sonrisa y, como cada día, comienzas a soñar despierta.

Imaginas que Daniel no fue a trabajar, que se ha quedado contigo, acariciándote, haciéndote el amor verdaderamente. Pero ¡oh decepción! sería un verdadero milagro. A tu marido, desde hace algunos años, siempre le falta tiempo, tiene “tanto trabajo”, ya nunca viene a comer, su oficina –pretexta— está muy lejos o, sin decirlo, hace notar que simplemente tú ya no le interesas. No es ya como en los primeros años, en los que sin tener en cuenta distancias él siempre estaba allí, con su risa que se oía por toda la casa.

A veces sueñas con tener un romance, un amante que te haga sentir nuevamente mujer, que te llene de caricias y ternura; alguien para quien seas tú, únicamente tú, el centro del universo.

Te ves entrando a escondidas a un viejo edificio de departamentos, a un sitio en el que las personas apenas se saludan, subes al tercer piso, junto a la escalera, abres la puerta, dentro es un paraíso, decorado completamente a tu gusto, donde lo único que importa es el olor a rosas que se desprende junto con la flama de las velas y ese ambiente entre místico y romántico que propicia las entregas plenas de todos los jueves por la tarde. Regresas a tu casa, siempre feliz, despreocupada por tanta y abrumadora tarea doméstica, ansiando que ya mañana, otra vez, sea jueves por la tarde.

Como autómata, pruebas el filo del cuchillo con las cebollas, los jitomates y los chiles verdes que, en tan sólo unos cuantos segundos, ante el mecánico y violento movimiento de tus muñecas, se convierten en un picadillo tricolor, el cual echas sobre la sartén ardiente hasta sazonarse y llegar al punto en que se convierten en la famosa “salsa de Julia”, que tanto le gusta a tus hijos y que tu marido presume cuando tienen invitados, preferentemente sus amigos, lo cual ya no deseas que pase con tanta frecuencia, pues todo el trabajo es para ti: él no hace nada; bueno, en ocasiones pone la mesa y por ahí de vez en cuando hasta te “ayuda” a servir la mesa.

Excelente, murmuras únicamente para ti, y acaricias la hoja con la yema del dedo índice. Un dolor se anuda en la garganta, mientras un hilillo rojo escurre hacia tu argolla matrimonial y, aún más abajo, al aceite en el que sazonas la salsa mexicana. Al probarla, el nuevo aderezo quema tu lengua y fluye a través de la sangre por tu cuerpo. Te estremecerás y querrás apagar el incendio de tu boca.

A menudo te dices que no son las frecuentes ausencias nocturnas de Daniel la causa de esa opresión en el pecho. Eso realmente te tiene ya sin cuidado, hace años que esos vacíos no te lastiman. No, ya no, te repites con frecuencia esos pensamientos para convencerte.

Es verdad, te dices, él nunca ha desatendido tus necesidades ni las de tus hijos, es un buen proveedor, sí ama a sus hijos.

Lo que más te hace daño, te encabrona, es que él pretenda, cínicamente, hacer como que no pasa nada, y llegue, ya muy entrada la noche o en la madrugada, a meterse entre las sábanas, no para hacerte el amor, sino para cogerte como si se pusiera una chaqueta o se cepillara los dientes, y que después se levante al día siguiente, a veces casi al mediodía, exigiendo el desayuno. Eso te hace perder el juicio y te pone furiosa. Para relajarse nada mejor que otro vallium con whisky.

La noche anterior fue una más de tantas en las que te has sentido violada; no sólo en el cuerpo sino en la poca dignidad que te quedaba.

En tu mente afiebrada –mezcla de sentimientos con exceso de tranquilizantes y alcohol— una venganza comienza a tomar forma. De pronto estarás limpiando una mancha de sangre en el piso de la cocina. Habrás dado un certero golpe con el cuchillo en la garganta de Daniel. Él caerá al suelo mientras tú flotarás sobre su cuerpo. La sangre se extenderá hasta la alfombra de la sala, recién comprada por cierto; habrá que cambiarla otra vez, piensas, pero… eso no importará. En realidad no interesa nada.

La voluntad es más débil que el instinto, te dices entre dientes, mientras, aturdida como estás, continuarás con el diario ajetreo.

A la mitad de tu terrible pesadilla, deliras casi febril:

-Yo… No… No quería matarlo… pero lo merecía, te volverás a decir, tratando de justificarte.

–No… no quería matarlo.

–Julia, no insistas… merecía morir como murió… hiciste muy bien en picarlo y echarlo al incinerador…

Lo negarás, dirás que todo es imaginario, que nada ha pasado… todo seguirá igual.

Suspiras al recordar los dos primeros inviernos que pasaron juntos: se quitaban el frío sentados frente a la chimenea, bebían vino blanco, hablaban largamente, jugaban a quererse siempre.

Tardes que eran preludio de noches intensas; días tan lejanos ya de hoy. Suspiras también cuando viene a tu memoria el departamento en el tercer piso, los jueves por la tarde en sus brazos ¡oh, Dios!, sonríes, no, mejor ríes abiertamente, te carcajeas ¡qué delicia! Ya no habrá más sufrimiento.

En medio de tu delirio, caes en la cuenta de que pronto los niños volverán de la escuela y la comida aún no está totalmente preparada.

Las hamburguesas son sus preferidas, te dices, mientras tus manos aceleran sus movimientos a cada recuerdo de las humillaciones que has recibido en los últimos diez años. A veces, otra mujer o un gesto de indiferencia; muchas más, tu propia imaginación o un desacuerdo al educar a los hijos.

En menos de un par de horas sólo quedarán las nalgas de Daniel, lo que más te gustaba de él, piensas. Quizá por eso las guardas para el final.

Tendrás que darte prisa, falta quitar la alfombra y terminar de lavar el piso.

Afilarás otra vez el cuchillo sobre la chaira, cortarás los glúteos en pequeños trozos y los meterás al molino de carne, junto con el filete que compraste.

Preparas las hamburguesas con cilantro, cebolla, sal de ajo y ablandador de carne. Sirves la salsa mexicana, que hoy tiene un nuevo sazón. Pones la mesa, Daniel seguirá siendo un buen proveedor, piensas y sonríes. Quitas la alfombra, ahora sí podrás escogerla a tu gusto, vuelves a sonreír.

La ducha casi fría te vuelve a la realidad. Has terminado tu tarea poco antes de que lleguen los niños.

–Lávense las manos y siéntense, la comida está lista, les gritas, mientras te acabas de vestir frente al espejo, mirándote de reojo, de frente, de perfil, pensando en el próximo jueves, coqueteando con tu reflejo, midiendo tu cuerpo con tus manos, acariciándote los senos y la entrepierna.

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