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Ondina
prosa [ ]
cuento

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por [peinpot ]

2005-09-28  |     | 



ONDINA

"El amor es la compensación de la muerte; su correlativo esencial"
Arthur Schopenhauer



Es la hora del crepúsculo de primavera, hay mucha humedad y seguramente lloverá.
En el cielo empezaron a verse las Híades. Es tu tiempo de venir a acompañarme.
Supongo que, como siempre, jugaremos a espiarnos mutuamente, intentado descubrirnos a través del agua, el vidrio o la lluvia.
Vendrás vestida de azul o verde ópalo, anunciada por algarabía de pájaros y rumor de saxo en las copas de los árboles...




Me acuerdo como si fuera hoy, de cuando te vi por primera vez. Fue en el casino de una ciudad balnearia de moda, jugando al Black Jack.
Al principio, no me dí cuenta de tu presencia, concentrado en mis cartas...
Pero al ver tus manos únicas, de pálidos dedos largos, tus uñas apenas esmaltadas, tus gráciles muñecas alhajadas de plata, cobre y perlería, me vi obligado a subir la mirada y deslizarla por tus brazos, el cuello largo, tus cabellos desparramados sobre los hombros, los ojos indiferentes, tu cara irremediable. Entonces, me dí cuenta que vos eras vos. La persona a quien siempre anhelé conocer.
A tu lado -de pie-, estaba tu marido, -tenían alianzas iguales- un elegante hombre muy serio, de barba cerrada, bigotes caudalosos.
Estabas enfrascada en el juego y no me prestaste atención. Ibas perdiendo y se notaba que el hombre parado a tu lado estaba nervioso, mortificado.
Verdaderamente enojado cuando malograste la última mano, ya que te llevó de un brazo, zarandeándote, hacia la salida a los gritos y bufando.


Unos años después, en mi viaje de postgraduado, con mis compañeros fuimos a parar a ese salón parisino donde se bailaba Tango Argentino.
Estabas en la pista con un hombre esbelto, peinado con gomina, bien parecido – muy a mi pesar-, de piel oscura, corbata ancha, traje cruzado, que bailaba muy mal.
En cuanto te sentaste, me animé a invitarte una pieza y accediste.
Me enteré –conversamos bastante- que estabas separada por incompatibilidad de caracteres.
Y la gota que rebalsó el vaso –me contaste, sin saber que yo había presenciado el hecho- fue el acto imperdonable perpetrado por tu ex–marido de haberse enojado en público ¡y sólo porque habías perdido el valor de un auto jugando al Black Jack...! ¡Un verdadero papelón!.
Justo te salvó de la furia conyugal- prestándote dinero- ese señor elegante con el que bailabas ahora, y claro, hay que ser agradecida, queda mal ganar y devolver nada más que dinero.
El engominado pretendía otra compensación, ya se sabe que nada es gratis en esta vida.

Después de bailar “Uno” muy juntos, nos escapamos disimuladamente hacia la salida y fuimos en taxi hasta un motel testigo de nuestra primera travesura erótica.

A partir de allí, nos vimos algunas veces, hasta que decidiste dejar a tu poderoso y aburrido candidato. Todo fue muy lindo, nos llevábamos muy bien, había auténtica empatía entre los dos, pero yo no tenía dinero para tus caprichos, además, te sobraban pretendientes y enseguida comenzaron a llegar ramos de flores con tarjetas, notitas, llamados misteriosos que hicieron que yo me diera cuenta que algo no andaba bien.
Mejor dicho, todo estaba realmente mal a pesar de mis intentos de enamorarte.
Me diste como excusa, que no te gustaban los tipos románticos y menos, si eran escritores bohemios.
Eso sí que me dio rabia. Reconozco que te escribía cartas –todos los días- o tal vez abusé recitándote endecasílabos de Byron, sonetos de Baudelaire o pronunciando metáforas decadentes sobre tu espalda o tu ombligo... pero... ¡ estaba enamorado!.
Qué se le va a hacer, uno queda medio idiota cuando se enamora.

Por eso, me ofendió que me abandonases, sólo por ser un bohemio descartable –según vos- y no un gentleman de estirpe rancia o con dinero.


Por esas cosas de la vida, unos años después en Venecia, durante una excursión, te vi paseando acompañada de un señor mucho mayor que vos, chupado, flaco, viejo, con olor a humedad, olvido, flores mustias. Cuando nos cruzamos, parecías no reconocerme. En la cantina me senté –a propósito- enfrente. Encenderte el cigarrillo fue el pretexto para iniciar la conversación.
Realmente no tenías idea de quién era yo, lo que me pareció sorprendente. Pero me mirabas seductora mientras tomábamos ese espumante champagne extra-brut que hizo que tu anciano acompañante bostezara enseguida y se fuera a acostar. Cuando me dí cuenta estábamos jugueteando en un taxi. Amanecimos en un mi cuarto de hotel de segunda.
La historia se repitió.
Dejaste al vetusto caballero que, la verdad, ya no estaba para los trotes y emociones a los que le sometía una muchacha joven y hermosa como vos, y vinieron la breve fase de felicidad y el final anunciado, con preludios de ramos de flores acompañados de notas y llamadas telefónicas misteriosas, a lo que se sumaron salidas a escondidas cuando me quedaba dormido, seguidas de excusas tontas. Cuando te enfrenté y quise aclarar las cosas, me dijiste que me querías pero no se puede vivir en un mundo de fantasía. Y era evidente que un tipo como yo, no podría darte la vida variada y elegante, a la que estabas acostumbrada.
Bueno, me di cuenta que tenías razón. Hasta te ayudé a hacer las maletas para acompañarte al lujoso hotel donde vivirías, disimulando mi tristeza.
Nos intercambiamos besos alados y números telefónicos.
Pero yo sabía que no me llamarías.
Me consolé pensando que así como vos eras dueña del don del olvido, propio de los chicos o los dementes, yo tenía el de la intuición, por eso no me preocupé. Vislumbraba que nos encontraríamos de nuevo, en cualquier momento y lugar; siempre concebí que el destino favorece a los enamorados.

A esa altura, estaba fielmente enamorado de vos. Pero claro, eras tan especial, siempre escabulléndote y dejándome con las ganas de quererte.
Creo, hoy por hoy, que además, le tenías miedo al compromiso.

Sin rencores inútiles -no pateé muebles, ni rompí la vajilla, ni salí a emborracharme, ni destrocé tu retrato-, sólo decidí esperarte.
Fue como que me contagié tu don del olvido y mi cerebro se volvió una tabula rasa, borrando por completo el recuerdo de tus infidelidades.

Además, no vale la pena enojarse, ya se sabe que el amor es una especie de juego que enseguida pasa de moda.
Claro, con vos –sólo con vos- yo sentía amor, plenitud, paz interior, todo.


La última vez que nos encontramos, fue en un carrito de la costanera. Al verte de nuevo, sonreí convencido de la fuerza del destino, y pensé que tampoco es necesario combatir al tiempo, pues decir “pasado” o “futuro” es algo baladí, casi un sin sentido: todo es presente. El tiempo gira como un astrolabio para volver en un momento dado, a las mismas situaciones. El tiempo sidéreo es un invento, una justificación del hombre contemporáneo.
Tuve la certeza de que permanecías indemne en mí, a pesar de saber que acarrearías como bagaje, despedidas, tristezas e invariables horizontes neblinosos.

No podía enojarme porque vos sos vos, así de simple.
Cuando sonreís, tu figura anula todas las anteriores y me vence...

Estabas con un nuevo marido un multimillonario armador italiano algo grasoso, gordo y bajo, que la verdad te quedaba bien pues hacía que resaltara más tu belleza.
Ahí me di cuenta de que la historia se repetiría... No te acordabas de mí, pero enseguida nos conectamos. Lo nuestro era sin duda no solo empatía, también cuestión de piel, ya que en cuanto el gordito fue hacia el baño, por tercera vez nos escapamos a las risotadas, en su automóvil.

Ni nos dimos cuenta que el Alfa Romeo se deslizaba por el asfalto mojado, a través de la baranda rota hacia el río. Lo último que recuerdo son sonidos de agua burbujeantes como borborigmos, mi ropa mojada, la sensación de asfixia por inmersión, humedad en los pulmones, el ulular lejano una sirena , el agua conmovida relatando al mundo subacuático los sucesos, en una fluida charada indescifrable y... nada más.


Y resulta que ahora, en pleno siglo XXI me encuentro nuevamente con vos. Para colmo estoy en un cuerpo de edad mediana, psíquicamente tengo una mezcla de estupor y experiencia -como corresponde a cualquier cuarentón-, estoy fuera de estado físico, tengo canas, algunas arrugas,... por lo que me confundió verte tan espléndida.
Me di cuenta también, que mi amor por vos ya no tenía remedio, pues primero pensé en seguir de largo -dada mi situación física- pero desistí, al notar que tu rostro se hacía paso desde el fondo de mi mente, en medio de música de cascabeles y murmullos de órgano.

Definitivamente mi soledad había aprendido a esperarte, manteniendo indemne tu recuerdo.
Y me sentí feliz; de golpe estaba muy cansado de tantos días de tedio, tan borrosos que en ellos, incluso perdía la huella de mi pena.
Estabas allí, sentada en una mesa del bar de Las Heras y Pueyrredón , cuando yo pasaba corriendo, bajo la lluvia intensa como una cortina. Fumabas contemplando abstraída a los goterones. Sosteniendo el cigarrillo como sólo vos lo haces. Claro que eras vos. Tus ojos, tus cabellos. Tu muñeca con tus tintineantes pulseras de cobre, argento y aljófares.

Cualquier otro se hubiera dicho que no podía ser. Yo no. Siempre me gustó leer a Lucio Apuleyo, Ovidio, Kafka, Tolkien y además tengo ciertas convicciones desde niño, sobre metempsicosis o sabiduría délfica.


Ahora, ya no te irás de mi lado supongo, sabemos las reglas del juego, y lo que puede pasar si se transgreden algunas leyes acerca del amor. Lo único que me extrañó de las veces que te encontré en los ocasos primaverales, siempre en torno a las fuentes de agua, lagos de Palermo o el río y, por supuesto, cuando llueve o hay niebla o humedad, era tu capacidad para disimular tu verdadera esencia, fumando, permaneciendo cerca de una chimenea o de una salamandra de hierro forjado encendida; eso, y tu facultad de adaptación a este tiempo y espacio. Me conmovió advertir que quizá fuera un sacrificio de tu parte, para no dejarme solo.
Por eso, esta vez, me conformo con verte cada tanto, no vaya a ser que me dejes, nuevamente y para siempre.
Me siento acompañado como nunca, a pesar de no poder tocarte. Ni siquiera me acerco demasiado a vos para no espantarte, entidad elemental del agua; tampoco te dirijo la palabra por temor a que adquieras un alma de mujer. Sólo me hago el distraído, como si tu presencia fuera lo más natural del mundo a mi lado. Actúo - a pesar de mis ganas de correr a tus brazos- tan naturalmente, tan aplomado, tan silencioso, tan acostumbrado -si se quiere- a tu presencia azulada... Siempre simulo no haberme dado cuenta, de que ahora sos una bella y mitológica ondina.


GP.©

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