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VIDA DE PERROS :: Cuento


VIDA DE PERROS
prosa [ ]
Cuento

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por MONTOYA [CANTACLARO]

2008-05-09  |     | 




No crean que lo que les voy a relatar es descabellado y se debe a algún estado febril, no, nunca he estado más lúcida.

Un día estaba sentada en el corredor de la casa, allá en la tierrita que tenemos al pie de loma de la cordillera Central. Divisaba el camino “Rial”, como le dicen los campesinos. Por ese camino, y en polvorosa carrera como alma que se lleva el diablo, venía bajando un perrito criollo de pelo blanco con manchas negras, o, sería negro con manchas blancas, ni lo recuerdo, lo cierto es que el pobre animal, asesando llegó hasta mi propiedad, paró en seco y arrastrándose, se me metió por debajo de la portada. EL perrito reparó en que lo estaba mirando desde el escaño donde estaba sentada y con una mirada inteligente me pidió permiso para permanecer allí. Se quedó, de frente, atisbando callejón arriba y mirándome con unos ojos de susto que casi se le salían de las órbitas. De pronto ocurrió algo tan extraño, que hasta el día de hoy no he logrado explicarme, pues cada vez que el animalito me miraba yo entendía esa miraba con unas palabras que me llegaban al cerebro y que me decían “Qué vida de perros tienen mis amos” y en ese sonsonete pasaban y pasaban los minutos.

Unas horas antes había visto subir un carro de la Policía Nacional lleno de agentes y como en nuestro país es tan “normal” la inseguridad, así mismo son muy normales los operativos de la fuerza pública, por tanto no reparé en ese evento.

Seguí pendiente del perrito conversador, que ya había tomado aire y relajado se había echado y en medio de gemidos me contó que en la casa donde vivía, allá arriba en la montaña, había un laboratorio de procesamiento de sustancias ilícitas y que sus amos, eran una pareja de ancianos, que habitaban esa casa porque era ese el único sitio donde les dieron posada. Me dijo que hacía algunas horas habían llegado unos policías a la finca pero que los trabajadores del laboratorio, mediante una llamada recibida en uno de los celulares que ellos tenían, habían sido informados de la visita de los agentes. Esa alerta les sirvió para echarse a rodar por las faldas del terreno, pero por desgracia, sus amos, la pareja de ancianos, no fueron avisados del operativo pues ellos representaban solo un estorbo a la hora de escapar por las limitaciones físicas debido a su edad, además a los jóvenes delincuentes poco les importaban esos pobres viejos, pues los consideraban desechables, entonces el perrito volvía a repetir su cantaleta de lamentos “Vida de perros la que tienen mis amos”.

La retahíla del perro era interminable. De pronto suspendió el cuento, se levantó, paró las orejas, miró callejón arriba, olfateaba el aire. Observé entonces que por el camino “Rial”, venía bajando a pie un tropel de personas y policías.

Del grupo sobresalía la pareja de ancianos de la que me había platicado el animal, quienes encabezaban la marcha y venían esposados, llorosos y amilanados. Cruel caminata para esos viejos, pues desde donde yo estaba al sitio donde los aprehendieron hay unos cuarenta minutos aproximadamente. La acongojada mascota se unió a los caminantes que parecían en su conjunto un cortejo fúnebre, y así se fueron callejón abajo, y no volví a saber nada del perrito ni de los pobres viejos.

Este es el pan nuestro de cada día. Idiotas útiles son todos los indefensos y que al único que tienen para que se conduela de ellos es su perro fiel, su verdadero amigo.

¡Ah vida de perros la que tienen muchos amos!

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